lunes, 21 de octubre de 2013

EL SECUESTRO



 Si algo no me gusta es que me amenacen, está bien que la mujer tome la iniciativa y si quería algo conmigo, le bastaba con decirlo, pero no tenía por qué ser de ese modo, tan a la mala, a nadie le gusta que lo hagan pasar sustos, aunque a decir verdad, la mujer tuvo razón, de otro modo no habría conseguido nada, bueno, quizá sí, unos veinte años antes, cuando a mí todavía se me revolucionaban las hormonas y no me molestaba ponerle los cuernos a mi negra, pero ahora, pintando canas, no me vengan con leseras, a la mala no más, de otro modo no me habría encontrado con ella, qué le iba a hacer caso, si ni siquiera la conocía, digo que no la conocía de verdad, sino apenas, la vi un par de veces, por allá por los noventa, era la esposa de un amigo, y para qué voy a mentir, me acosté con ella, una vez no más, después me remordió la conciencia, pero conocerla, lo que se dice conocerla, no, para nada, uno no conoce a alguien tan solo por acostarse. Pero me llamó, de repente, como salida de la nada, una tarde en medio de la siesta; yo al principio no sabía quién era, en parte porque aún estaba medio dormido, y en parte, por los años que habían pasado; no es que sufriera de amnesia, es que ella ya no estaba en el reparto; hay gente que uno recuerda en un contexto, en ciertos años, en determinadas ciudades, hasta en calles específicas, y no espera que aparezcan de repente, no son parte del libreto, como esos actores secundarios, que hicieron un buen papel alguna vez, incluso memorable, pero ahora es otro rodaje, otra cinta con otras nominaciones, los actores secundarios van cambiando. Algo así le dije, no con los ejemplos que recién se me ocurrieron, sino que no me esperaba que ella me llamara, quizá con otras palabras, pero dándole a entender que no la había olvidado, para qué ser crueles, digo yo, si con una mentirilla se alegra a la gente. El problema fue que no llamaba para saludar, sino para otra cosa; se la escuchaba exultante, como si se hubiera ganado la lotería ella solita; pero no era por eso, por supuesto; "qué alegría encontrarte", eso fue lo que me dijo, y después de sopetón, que se había divorciado hacía seis meses y que lo primero que pensó fue en buscarme, y yo qué tengo que ver, le respondí, con otras palabras, por supuesto, ya he dicho que no me gusta hacer sentir mal a la gente, pero a buen entendedor… Ella no era buen entendedor y tuve que decirle que estaba casado, sí, con mi negra, como si ella no supiera, como si la de la amnesia fuera ella, pero así estaban las cosas, "¿todavía sigues con ella?", me imaginé el gesto de disgusto, casi de asco, torciendo un poco la boca, pero esto lo imaginé no más, la conversación fue por celular, que no se malentienda, uno se da cuenta por el tono de voz, no es necesario estar presente, del mismo modo me di cuenta de que la otra pregunta era capciosa, pero no supe cómo sacarle el cuerpo, "¿la amas?", me dijo, y yo el muy boludo respondí que sí, y entonces ella me dijo que si no quería que supiera lo nuestro (lo dijo así, con esas palabras), tenía que levantarme (¿cómo supo que yo estaba acostado?), y encontrarme con ella en un café, para conversar.
Yo pensé, la negra ya no está para pasar más penas, sobre todo por tonteras del pasado, lo pasado pisado, dice el dicho, y lo pisado, pasado, digo yo, de modo que me levanté a regañadientes, fui al baño, oriné largamente y luego me arreglé un poco, nada más que un poco, no se fuera a creer que por ella me había acicalado, ni perfume me puse y salí con el mismo jean viejo con el que salgo a trabajar. Ella en cambio, lucía como una vampiresa, vestida de noche a las tres de la tarde, estaba claro que las cosas pintaban para mal; no faltarán los que retruquen que las cosas pintaban para bien, pero ya he dicho que a esta altura de la vida, uno quiere vivir tranquilo, hacer el amor con la negra, una vez a la semana y el resto del tiempo, trabajar.
No sé qué le pusieron al café, esa es la verdad, yo había escuchado de esas cosas en la tele, pero nunca pensé que a mí me fuera a pasar. El caso es que me empecé a sentir mareado, y ella hablaba y hablaba, creo que me contaba su vida entera, cada minuto del martirio que le había hecho vivir mi amigo, como si yo tuviera la culpa, pero todo eso lo creo, no puedo estar seguro, yo estaba tan mareado, que de pronto me desvanecí. 
Dos días después, mi negrita, o sea, mi hija, la mayor, recibió una llamada telefónica: "aquí tengo a tu padre", dijo que le dijeron, y yo no creo que fuera un cómplice, estoy seguro que fue ella, porque disfrutaba lo que estaba haciendo, sentía el placer de hacer el mal, claro que en verdad, no puedo estar seguro sino casi, porque me mantuvo drogado todo ese tiempo, era una especie de vudú, porque hacía lo que a ella le venía en gana, me lo ordenaba con su mente, la perra ni siquiera necesitaba hablar. A mi hija no le pidieron nada, no le hablaron de rescate, ni siquiera le ordenaron que no llame a la policía, como en las películas, tan sólo le dijeron eso, para mí que fue para dejar en claro que se trataba de un secuestro, algo grave, y no que su papito andaba de parranda, una canita al aire, como dice mi hijita que le dijeron los carabineros la primera vez que denunció mi desaparición.
Luego hubo otras llamadas, me contaron, pero la mayoría de las veces no decían nada, sólo respiraban fuerte, para que se notara que había alguien al otro lado de la línea, pero también pa' meter miedo, como si un maleante le respirara en la cara al pobre que le tocaba contestar, que casi siempre era mi yerno, que como yerno es de lo más bueno, buen esposo y buen papá, pero sin una pisca de personalidad, se lo dije a mi negra apenas lo conocí, este tipo está cagado, mi hijita lo va a tener bailando en un dedo y así no más fue, un tipo buenazo, pero sin carácter, me imagino cómo se pondría cada vez que sonaba el teléfono, y él, el único hombre de la casa, debía responder. Las mujeres tenían más huevos que él, pero también eran prudentes, no estando quien les habla, él estaba a cargo, las cosas eran como deben ser. Dice mi yerno que un día me dejaron hablar con él, para que supieran que no era broma, que era verdad que me tenían, y que yo me oía de lo más bien, como si me hubiera tomado unos tragos –pero yo no tomó desde hace veinte años–, hasta música de fondo, una cumbia, me parece, dice que había, qué quieren que les diga, si esa mujer me tenía a su merced, estaba como drogado, era como un zombi, a lo mejor fue verdad, pero yo no me acuerdo, por más que trato, no me puedo acordar.
Dicen que me encontraron vagando sonámbulo por la carretera austral, cerquita de la pega, que me subieron al auto de mi yerno y me trajeron hasta acá. Yo le conté esto mismo a la policía, pero parece que archivaron el caso, porque nadie se contactó conmigo después, ni siquiera un actuario, nadie, lo que se dice nadie, y uno se pregunta en qué clase de país vivimos, si ni siquiera un reportero se ocupa de un secuestro, prefieren llenar el diario con partidos de fútbol de tercera división, y que me perdonen los muchachos, porque yo fui win derecho del Estrella blanca, pero no es lo mismo, no señor, no se imaginan el mal que le hicieron a mi negra, que es un alma de Dios, la pobre perdió como seis kilos porque nunca se sabe cómo terminan estas cosas, también pudieron haberme devuelto en un cajón. El único que ganó algo con todo esto fue el bueno de mi yerno, que al fin pudo sacer la voz.
Lo malo es que las llamadas siguieron; yo ya estaba en casa, pero siguieron llamando, como si todavía me tuvieran secuestrado, todos los días, a la hora de almuerzo, durante la siesta, o cuando uno se duchaba, parecía que sabían cuál era el momento más inoportuno para llamar; si hacíamos el amor, no bien empezábamos, sonaba el celular, si mirábamos una telenovela, un partido de fútbol en la televisión, hasta de madrugada… no se podía ni dormir. Y siempre era lo mismo, uno respondía y del otro lado se escuchaba una respiración, ni una palabra, sólo una respiración. Cambiamos de números varias veces, de compañía telefónica, sin resultado.
Una tarde, cuando retornaba del trabajo, divisé un auto sospechoso en el espejo retrovisor. Aceleré, pasé un semáforo en rojo y luego me metí en estacionamiento subterráneo, di varias vueltas sin estacionarme, y luego salí por otra calle, riéndome para adentro, esos estacionamientos son un laberinto y nadie los conoce mejor que yo. Pero luego de un rato, divisé el auto otra vez. Aterrado, deje mi coche en una estación de servicio y tomé un taxi; mi yerno recuperó mi auto seis horas después, le temblaban las cañuelas al pobre y cuando me entregó las llaves, no podía ni hablar.
Al día siguiente, vendí mi joyita a precio vil, y me compré un auto atroz, un tocomocho de lo más común, pensando que así pasaría desapercibido y que no tendría que preocuparme del retrovisor. Ese fue mi error. Apenas llegué a casa me encontré con que en la esquina, frente a la panadería, estaba el mismo auto que me había seguido antes. Mi yerno me dijo que él también lo había visto, pero que no había nadie en su interior; qué raro, dije yo, porque si me estaban siguiendo, qué caso tenía dejar el auto desocupado, a la vista de todos, como si no fuera más que una meada de perro, un aviso, como los grafitis que solían pintar en los muros las pandillas, para delimitar su territorio e imponer su dominio, pero eso es otro cuento, otra mentalidad, el secuestrador secuestra y no va dejando pistas por ahí, eso cualquiera lo sabe, basta con llamar a la policía para que tomen huellas, claro que en este caso, eso estaba descartado, si ni siquiera cuando ocurrió el secuestro fueron capaces de investigar. Por lo demás, cualquiera podía detenerse a comprar pan, eso no estaba prohibido, este es un país libre, la gente compra donde quiere, no importa que no sea del barrio… pero nadie se demora tres horas en comprar pan.
Decidimos cambiar nuestras rutinas (táctica básica como puede observarse en cualquier serie policial de la televisión), mandamos a los nietos al campo, con mi otra negrita, mi hija, la menor, y nosotros nos fuimos a casa de mi yerno, el marido de mi negrita mayor. La casa estaba húmeda, se notaba que no la usaban nunca, mi negrita es tan apegada a nosotros, que prácticamente vivían en nuestra casa, total, espacio había, el caserón era grande, herencia de mi madre, que Dios la tenga en su gloria, porque ella era una santa, no como mi padre, que si te he visto no me acuerdo, dicen que se fue a trabajar a la Argentina y ya no volvió más, pero a mí me contaron que se pudrió en la cárcel, cosa que a mí me tiene sin cuidado, sobre todo ahora, con tanto problema en la cabeza y tanta incompetencia policial.
Pero, claro, una zorra como esa, no podía ignorar dónde vivía mi negrita, de modo que pronto vimos el auto sospechoso rondar por las calles cercanas a la casa de mi yerno, o estacionarse frente a la fábrica donde yo trabajaba, o, en fin, transitar por cada ruta que inventaba por las mañanas, con el único propósito de burlar su vigilancia. Yo habría podido acostumbrarme, se los juro, pero un día llamó mi negrita, mi hija, la menor, diciéndome que un auto sospechoso vigilaba su casa y que no se atrevía a dejar que los niños salieran a jugar, de modo que el living era un pandemonio de jarrones rotos y pelotas rebotando en las paredes, en medio de un griterío ensordecedor. Le dije, negrita vamos para allá.
Antes de salir, fui al taller de mi compadre Anselmo, un mecánico de malas pulgas y peores juntas, a quien pedí consejo, sabiendo que me enviaría a ver a algún amigo, de esos que trafican cualquier cosa, incluso un treinta y ocho especial, de modo que nos fuimos armados, dispuestos a dar guerra de una buena vez. Le dije a mi yerno que condujera él, mientras yo me familiarizaba con el fierro y la munición; sabía que él sería incapaz de disparar un tiro, porque era un tipo bueno, de esos que no matan una mosca, no se crean que lo digo por retórica, es la pura verdad, si un bicho lo molesta demasiado, tan sólo abre la ventana y la obliga a salir, así de inofensivo, para no creerlo, lo juro por mi madre, es la purísima verdad; en cambio, conduciendo, es otra cosa, pareciera que los pies se los hubieran hecho de plomo, si el auto no tuviera piso, seguro que haría un hoyo en el pavimento, cuando él conduce, el dicho se cumple al dedillo, los tranquilitos son los peores, no lo sabré yo.
No tardamos demasiado; pero cuando llegamos, el auto sospechoso ya no estaba allí, los niños jugaban en la quinta y mi negrita, mi hija, la menor, colgaba la ropa que acababa de lavar. Me dijo que se habían ido apenas me llamó. Yo iba a abrazarla, a decirme que me perdone, que era mi culpa, que no debí pedirle que cuidara a los niños, que si no lo hubiese hecho no la habría metido en este lío, que hasta ese momento, no había trastornado su vida habitual. Yo iba a abrazarla y decirle todo eso, pero sonó mi celular.
La mujer fue clara, terminante, ni siquiera me dejó hablar: me dijo que subiera al auto de inmediato, solo, sin el pelotudo ese que me acompañaba, que no podía creerlo, que pensaba que era más hombre, ¡eso fue lo que me dijo!, se imaginan ustedes cómo me sentí, que no me escondiera tras las faldas (eso no lo dijo por mi yerno, pero se entendía que era igual), que no fuera idiota y que entregara ese revólver, a quién creía que le iba a disparar, que siguiera sus instrucciones al dedillo, o al pie de la letra, con los nervios no me acuerdo bien de sus palabras, que si amaba a mi familia, mejor volviera pronto a la ciudad, que ella me iba a esperar en el café de siempre, para conversar.

lunes, 14 de octubre de 2013

FORTUNA



    Casi tropezó con el cadáver. Lo habían acuchillado y lo dejaron tirado en plena calle, junto a un bar de mala muerte. Pensó que podría tener algún dinero y que no le importaría que se lo llevara. Miro a todos lados y cuando creyó que nadie lo veía, lo revisó rápidamente. Sólo tenía unos pesos en el bolsillo, no mucho, pero alcanzaba para una cerveza… Se los quito con la punta de los dedos, para no mancharse con sangre.
Cuando se incorporó, había dos policías junto a él. Uno de ellos, le puso las esposas, mientras el otro, caminó hasta un sitio eriazo y comenzó a hurgar entre los matorrales.
No tardó mucho: regresó con un estoque que aún goteaba sangre.

lunes, 26 de agosto de 2013

LOS AMANTES DE ADRIANA, CAPÍTULO XIX (FRAGMENTO)

El impermeable de Ariel estilaba y apenas entró, en el piso de madera del viejo local, se formó una mancha oscura, de humedad. Contempló los cuartos traseros de una res, colgando de un garfio enorme. La carne, roja, cubierta en parte por una capa de grasa, amarilla, con un enorme timbre del matadero local, ya había sido destazada en forma parcial. Por costumbre, pensó que debía comprar algo, posta rosada, quizá; pero luego se dio cuenta de que las maletas delataban otros propósitos y que un paquetito de carne, envuelto en una hoja de periódico, lo volverían un ser extraño, mucho más extraño que el viajero errante que hasta entonces era, empecinado en cargar sus valijas bajo la lluvia.
–¿De viaje, don Ariel? ¿Cómo no llamó un taxi con este aguacero?
¿Llamar un taxi? No lo había pensado; en realidad, ya casi no pensaba en nada. Llamar un taxi… ¿adónde lo llevo? ¿Señor…? El taxista lo habría mirado por el retrovisor, con aspecto de fastidio, pero también extrañado: ¿qué clase de loco me tocó?
–Voy a esperar a que escampe… –respondió Ariel, sabiendo que en realidad, no había respondido, pero, sin duda, prefería una dilación…
Esperó a que el carnicero terminara de atender al último cliente, y entonces, retomó la conversación.
–Sí, de viaje…–
–¿Muy lejos? –
–La verdad, no lo sé… –
El carnicero lo interrogó con la mirada.
Ariel, que empezaba a comprender que su impermeable no era tal, comprendió que su respuesta era tan incomprensible como las tiras de pegamento que colgaban del techo, en las cuales negreaban las moscas muertas, como recuerdo de un verano que hacía tiempo había abandonado este mundo y de la desidia del carnicero y mala memoria de los inspectores de salubridad.    
–Las moscas… –dijo Ariel, tímidamente, intentando no ofender.
El carnicero se rio.
–Ja, ja… Me olvidé; ¡ay, esta cabeza!, con todos los problemas que uno tiene, se olvida de lo más elemental ¿sabe?. Menos mal que nadie se fija tanto; pero usted siempre tan observador.
–¿Va mal el negocio?
–Se salva, al menos por ahora, ¿sabe?
Era curioso cómo unas tiras engomadas, plagadas de moscas muertas, podían desviar la conversación, por caminos menos pedregosos. Sin embargo, la lluvia no parecía amainar.
–Uno sobrevive, de todos modos… Este es un barrio de viejos, ¿sabe?, gente que no se acostumbra a lo nuevo… Bueno, no todos son viejos, también está usted…
–Oh, no se preocupe, yo también envejezco; figúrese que ayer, mientras me afeitaba, noté que tenía un par de canas... en la barba, ¿se da cuenta?, fue como si los años me avisaran y me dijeran "te queda poco, por ahora puedes disimularlo, sólo es la barba, basta con que te afeites al ras… por ahora, ya verás después".
–A mí me crujen las rodillas… –confesó el carnicero –Claro que pueden ser los meniscos; en mis tiempos, jugué en el "Chinquío"[1]… cancha de tierra no más, un barrial en invierno, y en verano, más dura que una piedra. Se machacan las rodillas, ¿sabe?
–¿Y en qué puesto jugo, don Abelino?
–Lo normal era de enganche, ¿sabe? Pero a veces jugaba de último hombre… Una vez me pusieron en punta, pero por la izquierda ¿sabe?; tenía que girar y acomodarme para la diestra; perdía dos o tres segundos, nada más, pero eso suficiente como para que tuviera dos defensas encima… No se imagina como sufrí. Ni siquiera los centros me salían ¿sabe?. No hay caso cuando uno tiene una pierna muda; por más que uno lo intente… A los quince minutos, me sacaron. Oyarzún era más lento, pero le pegaba con las dos piernas y se las arregló mejor que yo.
–Pasa hasta con los profesionales…– comentó Ariel.
La mancha de humedad crecía junto a sus pies. Afuera, lejos de escampar, parecía haberse reeditado el diluvio universal.
–Va a perder su bus… –dijo el carnicero ­–¿Llamo un  taxi?
Se acercó al teléfono y levantó el auricular. Era un teléfono antiguo, de esos de color negro, si admitimos que el negro es un color.
–No es necesario… –replicó Ariel.
El carnicero lo miró extrañado, con el auricular en la mano, como si hubiese  escuchado una herejía o una revelación y no supiera decidir de cuál de ellas se trataba.
–Pero va a pescar una neumonía…–insistió.
–No voy a ninguna parte –confesó Ariel.
El carnicero lo miró de arriba abajo; el espectáculo era lamentable; todavía estaba empapado, su rostro se veía lívido, su cabello chorreaba hilillos de agua cristalina, su impermeable goteaba torpes goterones que continuaban humedeciendo el piso de la carnicería. Y como si eso no bastara, dos maletas junto a sus zapatos ensopados.



[1] Deportivo Chinquihue (o Chinquío, como pronunciaba la gente), club de fútbol amateur

sábado, 10 de agosto de 2013

HISTORIA DE UN VINO

Don Exequiel, medalla de oro, era un vino suave, frutal, que había obtenido prestigio internacional. Los enólogos aún no se ponían de acuerdo en la exacta clasificación de sus sabores, que claramente no correspondía a un Cabernet, pero tampoco a un Moscatel, ni siquiera a un Merlot; por su graduación alcohólica, algunos lo califican de Mistela, aunque su sabor definitivamente es otro. Creado por un colono de la Araucanía, a partir de variedades de uvas desconocidas, para su entera satisfacción personal, ya que por aquellos tiempos, nadie en su sano juicio habría pensado en cultivar la vid en territorios de fríos glaciales y lluvias inclementes. Se cuenta que don Exequiel había visto caminar al diablo sobre las aguas del río Donguil, y que había sido el maligno quien le había confiado los secretos para, contra natura, cultivar una viña que resistiera las heladas, en los largos inviernos del sur. Se cuenta, también, que en las noches de escarcha, un ejército de diablillos hacía fuego en ciertos lugares, claramente establecidos, para que un viento suave, casi imperceptible, distribuyera delicadamente el humo de las diminutas hogueras, de modo que la tibieza fuera uniforme. La muerte del colono se llevó el secreto a su tumba, y a su tumba, se la llevó el olvido, hasta que un bisnieto falto de dineros recordó haber visto en su infancia, mientras jugaba en el granero, un cuaderno destartalado, casi deshecho por la humedad, en el que estaban escritas, con letra primorosa, las recetas para la preparación del ají en pasta, las cebollas en escabeche, el licor de miel, unas cuantas listas de compra, una aritmética improbable de insumos y de ventas, y en medio de todo ellos, la forma exacta de preparar la tierra, las fogatas y el humo, la fecha de la poda de acuerdo a las fases de la luna, el riguroso ritual de la vendimia, la preparación de las barricas con maderas del lugar y los precisos pasos de la fermentación. Durante dos años y medio, sus descendientes dedicaron sus fines de semana y vacaciones, a la busca del tesoro; el granero había sido demolido y en su lugar se erigió un gallinero, que después fue reemplazado por una pequeña bodega para guardar la leña y las herramientas de cultivo. Cavaron fosos, intentaron enseñar a los perros a seguir rastros de papel enmohecido, armaron y desarmaron tres veces la bodega, hasta que alguien cayó en cuenta de que nadie habría sido tan bruto como para demoler un granero sin retirar el contenido, sobre todo considerando que nadie recordaba a las gallinas poniendo en fogones olvidados, sillas de montar sobre las que cantaran los gallos y yugos y riendas en los comederos. Buscaron entonces, en todos los rincones de la vieja casa, en los sucesivos sitios que ocuparon los establos, en las porquerizas y en el nuevo gallinero, hasta que uno de los perros, trajo, quién sabe de dónde, montón de páginas enmohecidas, carcomidas por los hongos y estropeadas por la humedad, que se correspondían, de acuerdo a la memoria del bisnieto afligido, con los restos del cuaderno extraviado. Debieron pasar dos años más, para saber qué decía cada línea de tinta desvanecida, ya casi ilegible, que en algún tiempo preservó una secreta sabiduría. Durante todo ese tiempo, recurriendo a conocidos, a los que exigieron el pago de favores, alguna vez concedidos, lograron el concurso de curadores de museo, restauradores, anticuarios, peritos caligráficos y hasta policías, quienes lograron descifrar la primorosa caligrafía del hombre que había hablado con el diablo mientras caminaba sobre el río. Guardaron el cuaderno en una caja fuerte, revivieron la leyenda y armados de entusiasmo, publicaron un aviso en un periódico de tirada nacional. Nadie parecía interesarse en financiar la resurrección de la viña, de modo que los descendientes se olvidaron de asunto, y todo habría terminado allí, de no ser porque unos meses después, un grupo de narcotraficantes necesitó de una actividad lícita, que sirviera de fachada para lavar su dinero. Un día, los sorprendidos descendientes de don Exequiel, se encontraban junto a un abogado, obeso y rubicundo, que firmó los términos de un contrato tan ventajoso para ellos, que no podía ser verdad; los flamantes financistas ni siquiera se interesaron por la receta original; les pareció bien la transcripción en documento Word, que paso a sus manos vía pendrive y un caluroso abrazo, con fotografía y todo, frente a varios matones y más de alguna autoridad. Antes de una semana, apareció en los abandonados campos del bisabuelo, una flota de tractores relucientes, recién salidos del concesionario, que se dieron a la labor de reconstituir la viña en el exacto sitio en que la cultivó don Exequiel; los primeros años, se generaron las pérdidas esperadas, que los traficantes transformaban en ganancias con su propia producción; pero como el demonio había dado su palabra, de pronto el negocio floreció, al punto que los narcos abandonaron el tráfico de drogas por la lucrativa labor de viñateros, que además era legal. Aprovechando los contactos realizados en sus antiguos negocios, que incluían dignatarios, banqueros y, por supuesto, policías, lograron que el vino participara en muestras y concursos a escala planetaria, cosa que rara vez le ocurría a una viña, que a pesar de todo, era marginal. A partir de este punto las versiones son confusas; hay quienes afirman, sus descendientes los primeros, que las medallas y los premios que el vino ganó, se deben al aroma y sabor, que sólo supo crear don Exequiel; pero no faltan las malas lenguas que afirman que en varias ocasiones, los antiguos traficantes, recordando viejos hábitos, secuestraron catadores, compraron jurados y torturaron a varios organizadores, con el fin de obtener las medallas que de otro modo habrían sido mezquinas. Los peores comentarios, hablan de cadáveres hinchados flotando por el Sena. Nada más alejado de la realidad. En verdad, lo que ocurrió, es que el pacto que firmó don Exequiel, no le entregaba al diablo su alma, sino la del pobre desgraciado que hiciera una fortuna con su vino, que él sólo producía como divertimento y para su consumición.                  

jueves, 8 de agosto de 2013

LOS AMANTES DE ADRIANA CAPÍTULO XV (COMPLETO)

Adriana parecía actuar como un interruptor, se encendía o se apagaba, nada más. No es que no fuera capaz de matizar algunas cosas, es decir, no era exactamente un interruptor, pero si se acumulaba demasiada tensión, "saltaba", como se suele decir de los fusibles, y a menudo se desconectaba toda la red; entonces, se encerraba en su habitación y permanecía en cama todo el día, aunque había veces en que esto se prolongaba un poco más, digamos, dos o tres días, y de pronto, a la mañana siguiente, se levantaba como si no hubiese ocurrido nada, lo que la mayoría de las veces era verdad, no había ocurrido nada, pero ella estaba sobrecargada, y nada, o casi nada, bastaba para hacerla colapsar. Fue lo que ocurrió con Mario, o con su madre, porque al final de cuentas, la rival había sido ella, y no Mario, que tan sólo era un pelele, un títere, un muñeco grande, barbudo y de ojos verdes, bajos sus espesas cejas árabes, esos ojos verdes que la miraban sonriendo desde la pequeña foto que le había regalado, para que se acordara de él durante sus largos meses de navegación, y que ahora ella miraba con ira, concentrada, con el ceño fruncido, como si fuera capaz de herirlo con la mirada, como si le clavara alfileres invisibles, como a un muñeco de vudú. Pero a ratos, el interruptor volvía a conectarla con la red, y lo miraba con ternura, recordando los momentos más bellos que había pasado junto a él. Sus cuerpos enlazados, sus sudores, sus gemidos, se mezclaban con sonrisas, con palabras amorosas, con largas caminatas por la costanera, tomados de la mano, aunque  cayera una garúa pertinaz. La culpa era de la vieja –la "vieja de mierda", pensaba en realidad –, que lo quería sólo para sí, sabiendo que ya había crecido, que ya no era su niñito mimado, que ya no podía manejarlo a su amaño, que ya no podía… pero sí podía, inventando enfermedades, quejándose sin pudor, obligándolo a peregrinaciones al cardiólogo o al médico que le trataba el reuma, y a desperdiciar su dinero en un montón de pastillas, que la vieja llevaba a todos lados, sabiendo bien a quien quería impresionar: al buenazo de Mario, a quién sino, que la miraba preocupado y le pedía "mamita cuídese, no vaya a ponerle sal a sus comidas, mire que voy a estar lejos, navegando en las Guaitecas, y si le pasa algo, quién la va a llevar al médico, mamita", con voz mimosa, como si la vieja fuese una niñita que no sabe lo que hace, grandísimo pelotudo, cómo no se daba cuenta, cómo no saber que se traía algo entre manos, que no daba puntada sin hilo, que algo se guardaba, que todo iba a terminar mal.
Adriana sí se daba cuenta, las mujeres ven bajo el agua y a veces, hasta bajo el alquitrán, y a otro perro con ese hueso, una cosa es que la mastique y otra que la trague, pero no le quedaba otra que hacerse la desentendida y preguntar por cortesía cómo sigue tu mamá, y después oír mascando rabia, que el doctor la encontró mal, que necesita más exámenes, que mañana tendré que acompañarla, tendremos que dejar para otro día el paseo al volcán, que ya habían planeado en detalle durante toda la semana, pero era una cuestión de prioridades, decía Adriana comprensiva, tomándole la mano, a Mario, no a la vieja, que por suerte no estaba presente, porque bajo la sonrisa, Adriana estaba furiosa, cosa que los hombres, tan poco perceptivos, rara vez suelen notar, pero que la vieja habría pescado al vuelo, porque vieja y todo, era mujer.
El problema no era menor. Cuando Adriana ya daba por segura la boda, tras varios aplazamientos, producto de oportunas enfermedades, de la mamita, no se vaya a pensar que Adriana también tenía mala salud, enfermedades, digo, que tenían la desagradable costumbre de manifestarse cuando todo parecía oleado y sacramentado, confeccionado el traje a la medida, blanco, como corresponde a toda novia que se respete, aunque no fuera, como Adriana, la pureza personificada, porque en la vida privada nadie tiene derecho a entrometerse y la costumbre estaba bastante trasnochada, mira que andar anunciando con un traje rosa que ya no se era doncella, máxime que nadie podría discutirlo, tratándose de una divorciada, con hija de por medio, habría que estar demente o creer en una resurrección extemporánea de la virgen María, santa madre de Dios. El cuento del espíritu santo ya no se lo tragaba nadie, a menos que no estuviera en su sano juicio, reservado a la exclusiva competencia de los escribas bíblicos, y posteriores andamiajes teológicos, porque hasta el más creyente sabía que el milagro era irrepetible y que precisamente en eso consistía su naturaleza milagrosa, porque si fuera un fenómeno de todos los días ¿se imagina usted en qué líos se metería la religión? Pero volvamos al asunto que nos ocupa, Adriana tenía que guardar el velo temiendo que la humedad pudiera estropearlo, el clima era tan malo, aunque ya estuviéramos en octubre, lo digo para que se entienda, no todo el mundo conoce la región; también estaba el asunto de las niñitas amorosas, a cargo de la delicada misión de crear un camino de pétalos de rosas, desde el preciso lugar en que Adriana bajaría del automóvil, una limusina blanca, hasta la puerta misma de la iglesia, niñitas primorosas, he dicho anteriormente, usando un sinónimo aproximado, elegidas de entre las más bellas de las hijas de sus amigas, cuidando de no herir susceptibilidades; y finalmente, había que  tomar en cuenta las invitaciones enviadas, o a punto de enviar, que se quedaban sobre la mesa, porque la mamita se enfermaba, un dolor en el pecho o una crisis de presión, a causa de los nervios, decía, como para mortificar a la pobre Adriana, que debía visitarla en la convalecencia, no podía quedar mal. El bochorno, por lo tanto, tenía que masticarlo en silencio, acumulando ira, obligada a llamar uno a uno a los trecientos invitados, con el consiguiente gasto desmedido en el pago del celular, justo en cuando no tenía un peso, de modo que la empresa, implacable, suspendió el servició de un día para otro, sin derecho a réplica ni apelación, resolviendo de paso, dos problemas, el financiero y el moral; Mario tuvo que hacerse cargo de la penosa tarea de informar a los invitados de cada dilación, ya que Adriana no permitía que Mario le facilitara su teléfono, con el convincente argumento de que nadie podría darle pronto aviso si se agravaba su mamá, cosa que, ya lo he dicho antes, arruinaba los planes de Adriana, no sólo en el plano amoroso, sino también en el doméstico, porque no es lo mismo encarar la vida en solitario, que con un marido que por fortuna, sería un buen proveedor. Un marido navegante, ya se sabe, que la mayor parte del tiempo estaría lejos, pero en el camino se arregla la carga, y al menos ya no pasaría más pellejerías ni tendría que mirarle la cara a otra arpía, que tenían la desagradable costumbre de ocupar jefaturas de oficina, cosa que Adriana había tenido la oportunidad de comprobar en toda su vida de empleadita, vendedora de intangibles, pero empleadita al fin al cabo, a pesar del nombre rimbombante, "ejecutiva de ventas", para que nadie vaya a pensar que vendía milcaos o verduras a la salida de algún centro comercial –curioso artilugio de la imaginación, este recurso de los nombres, que convertía la venta de ilusiones, fantasías, que a menudo devenían en mentiras, en algo respetable, más aún, dotado de cierto prestigio, porque no era lo mismo una ejecutiva de ventas, de buena presencia, requisito indispensable, que dejaba los pies en la calle y la sonrisa en las oficinas de empresarios lujuriosos o displicentes, y a menudo, ambas cosas, además de mal educados, no era lo mismo, por cierto, que ser una humilde vendedora, generalmente obesa y pobretona, pero que al menos vendía algo concreto, no engañaba a nadie, lo suyo podía degustarse, alimentaba, qué duda cabe, sobre todo al mediodía, cada vez que las prisas del trabajo impedían ir a casa a almorzar, pues no todos podían costear un menú ejecutivo, curioso nombre igualmente, con el que los restoranes del centro designaban a los platos más baratos, con una congruencia digna de elogio, pues precisamente estaban destinados a ejecutivas como Adriana, que no se veían a sí mismas con un milcao grasiento entre las manos, masticando en plena calle o, si el vendaval arreciaba, entre la muchedumbre que se congregaba en los centros comerciales, vientres metropolitanos, estómagos de transacciones a toda prisa, ahítos, pero igualmente hambrientos, ciudades dentro de la ciudad.     
Esa había sido la vida de Adriana, oficinas, centros comerciales, prisas, amontonamientos, taxis-colectivos, olores, humillaciones, ruidos, pisotones y compras pagaderas en módicas cuotas mensuales, que casi nunca eran módicas y no tenían final. Esa era la vida que ella quería dejar atrás; se imaginaba que Mario compraría una buena casa, calentita,  con un auto a la puerta, aunque no fuera del año, y quizá hasta un caniche que saltara y moviera la cola, sobre todo cuando la Maca llegara del colegio, y un marido cariñoso, que la sacara a bailar, no importaba que fuera de cuando en cuando, porque para darle esos gustos, Mario no podía dejar de navegar, pero en fin, no se puede tener todo, el pobre tampoco era bueno en la cama, pero eso era algo que se podía arreglar.
Habría que visitar a la mamita, es cierto, pero Adriana estaba dispuesta a ciertos sacrificios, incluso cuando Mario no estuviera en la ciudad, así la vieja no tendría de qué quejarse, como no fuera del reuma, porque Adriana dudaba de que tuviera corazón.
Por eso no pudo evitar la mueca de disgusto el día que Mario llegó al departamento, el rostro radiante y un papel en la mano, diciendo Adrianita, tengo todo arreglado, ya vas a ver, la casa es maravillosa, incluso tiene vista al mar, claro que desde la pieza de mamá no se alcanza a ver, pero ella no pide tanto, le basta que no la dejemos sola, qué te parece, hasta tengo la llave, podemos ir a verla, así vas pensando cómo se podría amoblar.
–Amorcito –dijo Adriana ­–¿Me prepararías un café?
Mario la miró por un segundo, un poco extrañado, y pensó en preguntarle qué te pasa, pero su cerebro ya iba por otro lado, recorría otros senderos, más expeditos quizá, y ya había ordenado a su cuerpo de niño gigantón que se levantara con presteza y fuera a la cocina, pusiera a calentar el agua y buscara un par de tazas para compartir un café.
Adriana aprovechó para encerrarse en el baño y llorar interminablemente, amargamente, ponzoñosamente, porque no lloraba de pena, menos de dicha, lo sabemos, aunque Mario aún no lograra sumar dos más dos, sino  de rabia, de ira, de incontrolable ira, de una ira que habría querido convertir cada lágrima en una gota de ácido, envasarlas en un frasco de perfume, un frasco primoroso, pequeño, como correspondía a cierta elegancia, que nadie cuestionaba, pero que bien podía corresponder a la tacañería propia de las actividades comerciales, que encuentran mayor rédito en llenar más envase con menos perfume, lo que tiene la ventaja del menudeo y, por cierto, la posibilidad de que cualquiera, aunque en realidad, no cualquiera, pero al menos sí una ejecutiva comercial, con sus mezquinos ingresos, lo pueda comprar, aunque, claro, Adriana no pensaba en un perfume, sino sólo en un frasco en donde poder acumular sus lágrimas sin despertar sospechas, su llanto convertido en un líquido corrosivo que la vieja rociara en su piel, para desfigurarla y si las cosas se daban como ella quería, borrarla de un plumazo de la faz de la tierra, previa agonía, por supuesto, como correspondía al odio que atenazaba el corazón de Adriana, un odio fulminante, como la ira de Dios, capaz de castigar con el fuego, y antes con el agua, ciudades completas, con sus niños y sus perros, incapaces de pecar, borrándolas del planeta, como si fueran una línea mal escrita, que un escritor suprime con fastidio, pero dejando la atrocidad documentada, para escarmiento de toda la humanidad. Pero para Adriana esa ira, impulsiva, por cierto – debemos consignar aquí lo poco reflexivo de un dios, que por una nadería, es capaz de convertir a una mujer, esposa de buenas costumbres, al menos hasta donde es sabido, y madre abnegada, en simple estatua, soluble en agua, producto de un enojo descontrolado, y por lo mismo desmedido, que cualquier psicólogo medianamente informado, calificaría de intolerancia a la frustración­–, esa ira a Adriana le parecía insuficiente, incluso generosa, porque ella deseaba que la vieja, la "mamita", muriera lentamente, emponzoñada con sus lágrimas, algo así como Blancanieves, aunque la bruja no fuera Adriana, porque si había una bruja era la mamita, fea, como corresponde a su papel, y no la bella Adriana, que lloraba desconsolada frente a un espejo que no tenía necesidad de mentir.
El espejo le mostró su rostro estragado. Se lavó la cara e intentó recomponer el maquillaje; mientras lo hacía, elaboró un plan de acción. En cualquier otro momento, habría roto objetos, se habría mesado los cabellos, habría gritado, quizá hasta se habría golpeado la cabeza contra una pared, ante la mirada estupefacta de Mario, el café en la mano y la sonrisa congelada, extemporánea, pero incapaz de seguir el ritmo de los acontecimientos con celeridad.
Eso habría sido el fin.
Sin embargo, había logrado distraerlo con el pretexto del café, y en el baño, pudo llorar, y descargar en sus lágrimas su ira, imaginando las llagas en el rostro de la vieja, estragado por el ácido en frasco de perfume, dedicado con todo el corazón.
Algo más repuesta, volvió al living, se sentó frente a Mario, con voz quejosa dijo que le dolía la cabeza, que había tomado unas pastillas, que era cosa de minutos,  que el café le haría bien, no sabes cuánto te lo agradezco, eres un amor.
–Un día de estos tendré que consultar al doctor Navarro­.
–Quizá estás un poco nerviosa…
Adriana se sobresaltó, pensó que él se había dado cuenta, que había notado su disgusto.
–Por lo de la boda, digo… –agregó Mario.
Adriana sonrió.
–¿Trajiste una foto? –preguntó, aliviada.
–¿Una foto…?
–De la casa, tonto… –dijo Adriana, con voz divertida.
–No… pero traje las llaves. Pensé que podríamos ir a verla. No imaginé que te doliera la cabeza.
–Pero se me va a pasar ­–afirmó Adriana, sonriendo, ya respuesta. La tormenta había pasado, el fusible había resistido, estaba de nuevo en el reino de este mundo, un mundo en que las lágrimas no se convertían en ácido y en el que no era posible envasarlas convenientemente para fines poco honorables y hasta contraproducentes, porque, recién entonces le pareció evidente (a Adriana, no a Mario, que no pensaba en esas cosas, o al menos, no de ese modo) que si la vieja moría, entonces sí todo se iba al diablo, sería la maniobra definitiva de la mamita querida, la peor forma de arruinar los planes de Adriana –un velorio no se aviene bien con una boda, por más que se derramen lágrimas, de las inofensivas, por cierto, de esas que aconseja la prudencia y la buena educación, aunque se acompañe al novio, incluso que se haga uno cargo de las formalidades, el papeleo correspondiente, la misa en la catedral o en la iglesia de los jesuitas, como correspondía, y no en la capilla de un barrio miserable, como se le ocurre, por Dios, además de los anuncios necrológicos en el obituario del periódico local y los inevitables pagos, no sólo en la funeraria, porque hasta morir tiene un precio, así están las cosas hoy en día, qué se le va a hacer, y alguien tiene que ocuparse de todo eso y lo mejor sería que lo hiciese Adriana para que Mario pudiera vivir tranquilo su dolor.
Pero la vieja se resistía por todos los medios, y los medios de Mario, claro está, a dejar de respirar, como se suponía que lo hiciera, de un momento a otro, que estirara la pata, cosa que en rigor se correspondía con tanto achaque, pero a menudo ocurre que los enfermos entierran a los sanos, lo que se convierte en comentario obligado en el velorio y demuestra en forma irrefutable que quejarse en forma metódica, favorece la longevidad.   
Conforme con esas cavilaciones, que no hemos trascrito en forma literal, sino más bien en forma aproximada y metafórica, agregando comentarios de nuestra cosecha, Adriana dio gracias a Dios de que la vieja se mantuviera viva, que siguiera siendo un problema, que vería ella cómo resolver.
–¡Vamos! –dijo, apenas terminó el café.
Mario, que la había observado mientras se tomaba el café, bebiéndolo a breves sorbos, en silencio, la miró sorprendido, porque había atribuido su actitud a la jaqueca y no a las cavilaciones que nosotros conocemos, pero que él no tiene por qué suponer, de modo que tardó unos segundo en responder…
­­–¿Me vas a llevar o no? –insistió Adriana, sabiendo que sí, que él la llevaría, y que su pregunta no era una pregunta, sino una invitación, a pesar de ser Mario el anfitrión, al menos por ahora, antes de la boda, porque luego ella sería la señora, la dueña de la casa, con plenos poderes para invitar a quien quisiera, y lamentablemente también, a quien no quisiera, porque la vieja tendría la puerta abierta, como correspondía, pero no iba a vivir ahí.
–¿Acaso no trajiste las llaves? –insistió.
El viaje fue breve. Era domingo y la ciudad parecía dormir debajo del velo gris de la llovizna, que mezquinaba el horizonte y confundía las formas, difuminando los cargueros a la gira en la bahía, apenas unas siluetas fantasmales, espectros olvidados, cuyos volúmenes dudosos no parecían sólidos, sino parte de la garúa, caprichos del agua en suspensión. El camino ondulaba siguiendo la línea de la costa, junto a un paredón de matorrales verdes que trepaban como cabras vegetales por las abruptas paredes de los cerros. El pavimento, resbaladizo, pletórico de charcos, reflejaba el cielo sucio, con un aire de psicodelia opaca, triste, envejecida… La casa se alzaba sobre una pequeña colina, más allá de la zona de las discotecas y los pubs, de modo que el silencio era parte del paisaje, como las gaviotas que esperaban, quién sabe qué, mirando sempiternamente el mar. La playa se extendía, sinuosa y negra, salpicada de aves blancas; el mar, calmo, apenas rizaba espuma en sus orillas.
Le pidieron al taxista que recorriera los trecientos metros que separaban la casa del camino; "habrá que rellenar con ripio", pensó Mario, al observar que el auto patinaba y a cada momento parecía que iba a quedarse empantanado en el sendero de entrada. "Si la vieja se enferma una noche de lluvia" –se imaginó Adriana –la ambulancia se va a hundir en el lodo y va a estirar la pata sin remedio". De inmediato pensó en el velorio, en el lodazal que se iba a formar, producto de un pandemonio de autos patinando, a pesar de las maniobras desesperadas de los conductores, padres de familia, algún solterón famélico y las infaltables parejas de viudas, acostumbradas a llorar, que se harían presentes para dar el pésame a los dolientes –Adriana los saludaría llorando, habría que adecuarse a las circunstancias, ante todo los modales y no dar que hablar. Y luego el desastre de un par de coches empantanados, hombres mojándose bajo la lluvia, atando cuerdas a una cuatro por cuatro, para tirar a los infortunados hasta el asfalto. Casi riendo, besó a Mario, más para evitar la carcajada, que de emoción, como pensó Mario, que ya se imaginaba la idílica escena familiar, su madre tejiendo junto a la chimenea y Adriana esperando su regreso, curiosa imagen de Penélope interpretada por dos.
Mario despachó al taxista con una buena propina, el auto estaba hecho una calamidad, sucio hasta lo indecible, salpicado de barro por todas partes, y al pobre hombre aún le quedaba volver al camino principal.
Adriana se enfureció; pero no porque considerara excesiva la prodigalidad de Mario, que ni siquiera advirtió, sino con ella misma, por haber aceptado que la madre, la mamita, la vieja de mierda, viviría con ellos hasta el final de sus días; no podía permitirse una idea como esa, ella no era idiota y bien sabía lo que iba a ser su vida (¡pero, no, no iba a ser su vida!) junto la inevitable suegra, porque la vieja no había tenido la decencia de morirse antes, mucho antes, cuando Adriana aún no conocía a Mario, de modo que no fuera una piedra en el zapato, un estorbo, un fastidio, la culpable de tantas apelaciones a su felicidad.  
Mario estaba más preocupado de encontrar la llave, que, lo habría jurado, puso en el bolsillo de su campera y que en ese momento comenzaba a sospechar que se le había olvidado en el departamento de Adriana, de modo que no advirtió el gesto contrariado de su novia. Finalmente halló la llave en el bolsillo izquierdo de su pantalón.
Entraron.
El mar apareció majestuoso en los ventanales del living-comedor. Adriana pensó que Mario tendría que romperse el alma un millón de años para pagar algo así. Dio rienda suelta a su alegría, dando saltitos, como una chiquilina, acercándose a Mario y colgándose de su cuello para que él inclinara un poco la cabeza y le permitiera besarlo en la boca, un beso largo, apasionado, preludio y parte al mismo tiempo, de algo mejor.
–Muéstrame nuestro cuarto –le pidió Adriana. El gigante tomó su mano y la condujo a la habitación, baño en suite y una hermosa luminosidad, que entraba a raudales desde los ventanales, a pesar de ser un día invernal. Adriana se acercó a ellos y contempló el melancólico espectáculo del mar.
–¿Y dónde va a dormir tu mamá?
Mario esperaba que Adriana le preguntara por la pieza de su hija, era lo lógico, lo que querría ver cualquier madre, comprobar que su hija dormiría bien. El cuarto de Macarena era primoroso, y desde él también se podía ver el mar. Su madre, en cambio, se había conformado con ver los volcanes, las pocas veces que salía el sol; "a mi edad, esas cosas no son tan importantes; lo que de verdad me importa es que seas feliz" –le había dicho su madre, que tuvo el privilegio de conocer la casa antes que Adriana ("pero no deberá saberlo nunca, tú sabes, es un poco susceptible", "no te preocupes, hijo, por mí no lo sabrá").   
Mario condujo a Adriana hasta el dormitorio destinado a su madre.
–Le falta luz –sentenció Adriana, apenas entró.
–Pero a ella… –Iba a decir que a su madre le gustó, que no se quejó de nada, que iba a estar bien.
Adriana se lo quedó mirando.
­–Nunca le han importado mucho detalles como ése –completó la frase Mario, corrigiéndola sobre la marcha, sin dejarse sorprender.
–Uff… ¡Qué poco sensible! –se quejó Adriana, con un mohín de reproche –Haz que cambien el papel mural, vas a ver cómo queda, el invierno es tan largo y no queremos que ella se vaya a deprimir ¿verdad?
Mario sonrió encantado. Era evidente que se iban a llevar bien.
Adriana se encuclilló de pronto y acarició la alfombra.
–¡Qué suave! –
La alfombra se extendía de una pared a la otra, cubriendo toda la habitación. Si hubiese sido un gato y no una alfombra, con justo derecho se habría dicho que era angora. Adriana continuó acariciándola, despacio, como si fuera un minino, mientras Mario sonreía en la altura. Adriana levantó la vista y le sonrió a su vez, y mientras con una mano acariciaba la alfombra, con la otra desabrochó la bragueta de su pantalón. Con destreza, sus dedos buscaron bajo el calzoncillo, rozaron el glande del miembro de Mario, que de inmediato se endureció. Adriana lo liberó, acariciándolo, y luego comenzó a besarlo, despacito, con besos como arañitas que lo recorrían por todo alrededor, desde la base hasta extremo tumefacto, que se dejaba besar y luego lamer, apenas conteniendo la impaciencia, tras cada lengüetazo, tras cada beso apasionado sobre las venitas y sobre sus durezas, antes de que Adriana lo introdujera en su boca y lo sacara nuevamente, cada vez más rápido, para luego detenerse, besarlo despacito, reanudar los caminos ya andados, dejando correr las arañitas, para reanudar los lengüetazos, que se fueron concentrando en la base del glande, que luego se llevó a los labios, haciéndolo recorrer sus contornos, como si fuera un lápiz labial, para introducirlo nuevamente en su boca, formando un túnel con sus labios, por el que lo hizo entrar y salir, guiándolo con sus dedos, variando el ritmo, mientras Mario se agitaba, se quejaba, bufaba, en especial cuando ella le imprimió una velocidad vertiginosa, adentro, afuera, adentro, afuera, pero nunca completamente afuera, de nuevo, una y otra vez, hasta que Mario aulló de placer, mientras su miembro pulsaba, latía, entraba en erupción, expulsando ríos de lava viscosa y blanquecina, que inundó la boca de Adriana, quien no alcanzó o no quiso sacar la golosina de su boca a tiempo, y sólo lo retiró en el momento justo, cuando comenzaba a ablandarse, como para que dos gruesos lamparones mancharan la alfombra.
Mario se acomodó el miembro, de vuelta a su calzoncillo, cerró la bragueta de su pantalón y sonrió dulcemente, sin advertir que Adriana también sonreía, la boca sucia de esperma, al ver la inapelable mancha sobre la alfombra: tierra profanada.
Tierra profanada inútilmente, en todo caso, porque ella no permitiría que la mamita durmiera una sola noche allí. Pero tierra profanada a fin de cuentas, pisoteada la mamita, por obra y descuido del hijo bien amado.    
Cuando Adriana regresó del baño, la boca enjuagada con abundante agua y una pastilla de menta juguetona, de la lengua a los carrillos y de los carrillos a la lengua, Mario la miraba con una sonrisa beatifica en los labios,
Afuera llovía. Costó encontrar un taxi para volver; era domingo y las horas eran tan lentas, que pocos choferes consideraban necesario trabajar. Llegaron al departamento de Adriana ya entrada la noche.
Mario la besó junto a la puerta y luego volvió al taxi, que lo esperaba con el motor en marcha. Debía estar a bordo a las nueve; el buque zarparía al amanecer.
Los sueños de Adriana fueron dulces, o debieron serlos, porque aunque no los recordaba, despertó feliz. 
Cuando se levantó, su hija ya se había marchado al colegio.
Su ánimo no podía ser mejor.
Hasta que la musiquilla del celular, la obligó a interrumpir su desayuno. Reconoció el número de inmediato.
–¡Mario! ¡Qué sorpresa, amorcito! ¿No se suponía que ya habías zarpado?
Mario le explicó que el puerto estaba cerrado, por el temporal. Recién Adriana se dio cuenta del vendaval que azotaba los árboles, más allá de la ventana.
–¿Vas a venir, entonces? –preguntó con alegría.
–No creo… voy a aprovechar el día acompañando a mi mamá al doctor. No se ha sentido bien.
–Hummm… –
Mario le explicó, como un niño reprendido, que le había estado doliendo la cabeza, que seguramente era la presión, que habría que revisar su tratamiento, no le gustaría que ella se agravara cuando él estuviera en alta mar.
–Pero puedes venir en la noche… ¿o no?
Esta vez, Mario se sintió fatal, le explicó que meteorología había dicho que el temporal amainaría por la tarde, a eso de las cuatro, que el capitán estimaba que la autoridad de puerto autorizaría el zarpe antes de las seis…
Adriana estaba a punto de llorar.
–Ya vez ­–se repuso Adriana ­–no hay mal que por bien no venga… Así no tendrás que preocuparte, ojalá no sea nada, dale saludos a tu mamá…
Adriana tomó la taza de café y la reventó contra el muro; un plato estuvo a punto de hacer estallar el cristal de la ventana. Se mesaba los cabellos, gritaba, vieja de mierda, perra, desgraciada, pateaba el piso, destrozó un florero y se encerró en su cuarto a llorar.
El fusible había saltado.
Lloró hasta cansarse. Por la tarde, despertó con los ojos hinchados, sintiendo que Mario era un pelele, un títere, un muñeco grande, que la vieja manipulaba a su antojo, y a pesar de saberlo, lo miraba con ira (su foto, porque él ya no estaba, había amainado el temporal), como si fuera capaz de herirlo con la mirada, como si le clavara alfileres invisibles, como a un muñeco de vudú. Pero luego de un rato, su mirada se dulcificó, recordó los momentos más hermosos que habían vivido juntos, y sonrió. El fusible se había conectado a la red.
Se duchó lentamente; pensó que quizá podría llamar a Andrés, para que la escuchara, nada más, se mentía, o a Nicolás, para que la llevara a algún sitio. Se maquilló desnuda, como acostumbraba, mirándose a un espejo de cuerpo entero, que tenía junto al tocador. Cuando estuvo conforme con la imagen que el espejo le devolvía, pensó en si usaría un vestido rojo o uno azul. Ahora funcionaba como un interruptor; se había apagado Mario, había que encender otra luz, una lámpara, cualquiera, un nombre de varón, para no sumirse en la angustia y la desesperación.
Llamó a Andrés. No respondió. A Nicolás. El teléfono no existía. Marcó de nuevo; "el número que usted ha marcado, no existe", repitió la voz. Llamó a Luis, pero estaba ocupado; luego ya no respondió. Supo que era inútil llamar a Ariel.
Se mordió las manos, desesperada; caminó de un lado a otro, recorriendo su cuarto en desquiciadas caminatas, mientras el espejo la contemplaba, mesándose los cabellos desnuda, los vestidos inútilmente extendidos sobre el edredón.  
Arrojó los vestidos al suelo, y luego los pisoteó. Repitió el ultraje varias veces y luego se arrojó a la cama para llorar, maquillada y desnuda, manchando las sábanas, mientras pataleaba como una niña malcriada. Una vez que su llanto espasmódico, entrecortado, comenzó a ceder, se encontró con la foto de Mario, sonriendo, aquella foto en la que había imaginado un castigo vudú.
–La vieja… –pensó.
Se vistió sencillamente, un blue-jean, una blusa blanca y un chaleco primoroso, de hilo, tejido a crochet. Recompuso su maquillaje y llamó un taxi.
Cuando iba a salir, su hija regresaba del colegio, tarde, seguramente se había entretenido en el centro, con algunas amigas. No la reprendió.
–Si demoro, calienta la comida que está en el microondas –le dijo, sin detenerse a explicar el destrozo que había ocasionado en el comedor.
El taxi la dejó frente a la casona en la que vivía la vieja y fijaba domicilio Mario, que en realidad vivía en el mar. Era una construcción oscura, de dos pisos, exageradamente grande para dos. De madera curtida por los años y pequeñas ventanas, similares a las de las casas vecinas, desde la que espiaban curiosas mujeres tras los visillos. Tocó la puerta, un par de veces; "debe estar sorda la vieja, más para quejarse, más carreras al doctor".
La puerta se abrió y la vieja la miró sorprendida.
–Mijita, ¿tú por aquí?
Se saludaron con un beso al aire, juntando las mejillas, beso falso, que no alcanzaba a ninguna piel. Pero que nadie podría saque conclusiones apresuradas; así se saluda la gente, es lo normal. Ni siquiera el beso de Judas debió ser tan desabrido. Un beso como el de ellas, no auguraba traición. A lo sumo, desdén.
–Pasa, pasa… ¿Te sirves un tecito? Porque a ti no te gusta el mate ¿verdad?
Un mate, ¡qué asco!, pensó Adriana, la misma bombilla, de boca en boca, y más encima le hacía tan mal, retorcijones horribles y acidez. No entendía cómo esa mujer de rasgos árabes, podía tomar mate, como si fuera una campesina cualquiera y no la hija de comerciantes palestinos que en verdad fue.
–Un té estará bien…
La vieja se alejó por el pasillo, rumbo a la concina. La casa tenía algo de lóbrego, era húmeda y oscura; con razón Mario estaba seguro de que la vieja se quedaría contenta con la habitación que fuera, mientras saliera de esa pocilga, que en realidad no era para tanto, pero la ira nubla la percepción.
La madre volvió con dos tacitas delicadas en una bandeja de plaqué.
–No me quedan galletas –se disculpó.
Adriana sonrió.
–¿Qué te trae por acá, Adrianita querida?
–¿No lo sabe, de verdad no lo imagina? No sea cínica, señora, ¿cree que con unas galletitas le habría ido mejor?, no, si a mí no me hace lesa, desde hace tiempo que me di cuenta de que no me quiere, que lo único que persigue es hacerme la vida de cuadritos, como si no tuviera problemas, cómo si no supiera que planea quedarse con Mario, como si fuera su marido y no su hijo, señora, ubíquese, por Dios, cree que yéndose a vivir con nosotros se va a salvar de quedar viuda de verdad, o si no viuda, separada de una vez, porque nadie la aguanta, porque es una harpía, por eso su marido salió corriendo, porque se dio cuenta a tiempo, vieja desgraciada, y ahora quiere joderme la vida mí, vieja de mierda, no crea que voy a permitir que se vaya a vivir con nosotros, cuando Mario regrese le voy a decir clarito, o ella o yo, tú decides, y ya sabe lo que va a decidir, porque aunque sea la mamita, soy mejor en la cama, a ver si se lo chupas como yo…
La anciana se paró sorprendida, caminó un par de pasos, como para abrir la puerta y pedirle que se fuera, cuando de pronto se llevó las manos a la cabeza, dio unos pasos vacilantes, tambaleó y cayó.
Adriana la vio tendida a sus pies, la boca torcida, los labios morados, salivando espuma, una espuma horrible, que no acababa de brotar.

Aterrada, Adriana corrió hacia la calle, dejando la puerta abierta tras de sí. En las casa vecinas, se agitaron los visillos.