viernes, 30 de septiembre de 2016

La traición del sargento Owen (fragmento)

Owen estaba orgulloso de estirpe, a pesar de las circunstancias que rodearon su origen. El gringo violó a su madre una sola vez, en un establo, en medio de mugidos y olor a mierda, una mañana helada, después de la ordeña. La joven se dio cuenta de su estado al cabo de un mes, y aunque buscó a una comadrona que la hiciera abortar, los bebedizos que le dio y los tallos que le metió entre las piernas, no lograron su objetivo. Tampoco la paliza que le dio su padre.
Owen fue tardo para nacer. Llegó casi al décimo mes. Cuando la partera lo tuvo entre las manos, arrugado, feo y lacio, pensó que el niño había nacido muerto, por lo que lo dejó en una palangana que se solía usar para hacer mantequilla, y que a pesar de haber sido enjuagada con agua hervida, aún olía a leche agria. Luego la comadrona se desentendió de él y se dedicó a restañar la hemorragia que brotaba de las entrañas de la madre. Sus esfuerzos, al igual que unos meses antes, no dieron resultados. La joven falleció exangüe.
En ese momento, se escuchó un berrido.
Los abuelos le hicieron saber al gringo que había nacido su bastardo. El gringo los autorizó a ponerle su apellido, pagó el funeral de la muchacha y les mandó una vaca y dos cerdos. Por gestos como esos, el gringo era apreciado por sus inquilinos, que votaron por él las siete veces que se postuló para alcalde. Había varios Owen correteando por sus campos. Todos orgullosos de llevar su nombre.
El niño creció en la casa de sus abuelos. Aprendió a trozar leña apenas pudo sostener el hacha, y a capar terneros antes de la adolescencia. Asistió a la escuela por darles gusto al gringo, que le compraba los cuadernos, y a la abuela, que se había hecho evangélica, pero que como estaba un poco ciega, necesitaba que su nieto le leyera la biblia. Su abuelo, en cambio, lo requería en el monte, para hacer leña y estacones que le encargaba el gringo.
En la escuela, era el más grande. Pendenciero y cruel, todas las semanas le partía una ceja o le rompía la nariz a alguien. Tardo en matemáticas, pero hábil en el embuste, conseguía pasar de curso, aunque fuera a la rastra. Fue el primero en aprender a beber como Dios manda. Se emborrachaba con el gringo, que cuando estaba ebrio le ordenaba que le dijera taita.
El gringo murió de cirrosis unos años más tarde. Los hijos legítimos se pelearon por las tierras; el pleito duró varios años, y cuando las dividieron, las pusieron a la venta. Vino gente de Santiago, despidieron a los inquilinos, tiraron sus casas. Los abuelos de Owen se construyeron una mediagua a las afueras de Futrono, y Owen se enroló en el ejército; todos los meses les mandaba unos pesos para lo justo.
En el ejército Owen destacó por su arrojo y su fortaleza física. La única mancha en su expediente era una pelea en las barracas: los demás conscriptos atestiguaron que siguió golpeado al caído por un buen rato, a pesar de que éste había perdido el conocimiento. Tuvieron que sujetarlo entre varios. Le valió dos días de arresto. Pero el capitán consideró que podría hacer carrera en Comandos, y Owen se quedó en las filas, cuando el resto del contingente, terminada la conscripción, volvió a sus casas.
Su abuela murió al poco tiempo, consumida por una diabetes que no se detectó a tiempo, y su abuelo terminó en un asilo. Sus últimos días discutía solo, insultaba a las sombras, capaba terneros imaginarios y se cagaba en los calzoncillos.
Para entonces, Owen, se había olvidado de ellos.